Discursos trastocados





Pandemia del coronavirus (COVID-19), en Buenos Aires
El presidente Alberto Fernández (Handout ./)

Llama poderosamente la atención que desde el centro del poder se emitan mensajes a la sociedad con sentidos contradictorios. Se habla de un discurso conciliador, en el cual quien lo proclama afirma: “Voy a terminar con los odiadores”. No se manifiesta por “convencerlos” o por “sumarlos”, sino por “terminar” con ellos. ¿Qué implica terminar? ¿Con qué metodología? Además, ¿quiénes son los odiadores? ¿Los que no comparten las políticas del Gobierno? ¿Los que no se doblegan a sus objetivos? ¿O los que salen a la calle a protestar contra la expropiación de Vicentin o la prolongación de la cuarentena? ¿No se pidió en el discurso de proclamación que cuando se interpretara que el rumbo no fuese el adecuado se saliera públicamente a reclamar?

En otra alocución por videoconferencia con el ex presidente de Brasil Lula da Silva que tomó estado público, el presidente Fernández sostuvo que él y Andrés Manuel López Obrador son las únicas autoridades del continente que buscan cambiar el mundo (se supone que para mejor). ¿No le advierten sus asesores que López Obrador está operando desde hace tiempo como gendarme de los Estados Unidos al bloquear la frontera sur de México a las corrientes migratorias centroamericanas que pretenden acceder a través de su territorio al país vecino del norte? López Obrador no está para cambiar nada. Sí para afianzar su relación con Donald Trump. ¡No ve que le va a mojar la oreja al presidente de Estados Unidos para guiñarle un ojo al de Argentina! Además, ¿puede pretender cambiar el mundo un presidente (que por acaso fue puesto en esa posición por quien detenta el poder real en la coalición que le permitió acceder al gobierno) desde un país marginal, quebrado -como el mismo Fernández lo expresa constantemente- que es incapaz de hacerse cargo de sus deudas y con crecientes índices de pobreza? Hay que tener aunque más no sea un grado mínimo de realismo, sino, el ciudadano común puede cuestionarse “en que manos se encuentra la conducción del país”.

También se habla de “reformular” el capitalismo. Reformular significa modificar la fórmula. ¿Puede modificar la fórmula del capitalismo un país que nunca alcanzó a practicarlo con plenitud? ¿Y que para colmo se encuentra en este estado de fragilidad? Bien nos pueden señalar del resto del mundo: “Pagá primero el café que estas tomando y después tomate la libertad de opinar cómo mejorar el mundo”.

Por otra parte, ¿reformular el capitalismo para qué? ¿Para hacerlo más productivo? ¿O para tornarlo más distributivo en un contexto de producción decreciente? ¿O se trata de un simple eslogan para justificar una aventura a la venezolana?

En opinión de este autor no es tiempo de experimentar ni de intentar modificaciones estructurales de ningún tipo: ni en la justicia en general, la Corte Suprema o el régimen impositivo. Lo urgente e importante hoy es cómo recomponer el tejido social, la base productiva generadora de empleo y la economía en general, que fueron fuertemente dañados por la pandemia y las medidas necesarias para controlarla -que esta voz no cuestiona-. Todo ello va a requerir la atención y la convergencia de todos los sectores. Esos cambios que se ventilan van a dividir a la sociedad. No hay consenso en la necesidad de encarar ya esas reformas -mucho menos en la dirección con que deben realizarse-, por tanto, esos intentos van a generar división y dispersión de las energías del país.

El autor es empresario y licenciado en Ciencias Políticas

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