LA IGLESIA CATÓLICA EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS





LA IGLESIA CATÓLICA EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS

Educado por jesuitas por varios años, por aquellos de la teología de la liberación o de posturas más populares desde el cristianismo, me autoriza a decir algo de esa institución milenaria que hoy por hoy ya no significa nada, absolutamente nada. Lo que no quiere decir estar en contra del pueblo boliviano, que en general es creyente. Sea como cristiano o animista. Es decir sea como la religión que llegó con la colonia; o como creyentes de nuestras religiones ancestrales y milenarias. En estas épocas de cambios inesperados y fuertes, la iglesia católica se queda cada vez más retrasada de los avances, de los debates, de las ideas que se están discutiendo en todo el mundo.

La iglesia católica boliviana, en general, siempre fue conservadora, totalitaria y parte de las estructuras de poder coyuntural político, económico e ideológico. Aspectos que no son novedad en nuestra historia. Pero también en lo internacional ha ido perdiendo terreno en los últimos treinta años. La profunda corrupción con la pedofilia y los abusos sexuales en su interior, la mezcla con la política anticomunista, sobre todo con el papel vergonzoso del Papa polaco que combatió y desarticuló a la única renovación de la teología, desde Latinoamérica, que era la Teología de la Liberación. Fueron errores definitivos. Cierto que esta milenaria institución sobrevivió a cataclismos sociales, de todos salió airoso en casi dos mil años de vida. De esta última hay dudas razonables de que no salga bien. Veremos en otros buenos años como son los resultados.

En los años 70, 80 y 90 del anterior siglo, en los aires de la Teología de la Liberación, en Bolivia se animaron muchas comunidades de curas y monjas comprometidas/os, con los más pobres y marginados. Varios de ellos murieron incluso asesinados, torturados. Varios otros exiliados y en la clandestinidad. Sus ambientes pusieron a disposición de la clandestinidad, o de la solidaridad con los perseguidos. Interesantes teóricos de esas corrientes como escritores, pensadores y dispuestos a jugarse la vida por los más pobres. Al respecto recuerdo a la Pastoral Minera, cuando el cura Terrazas que fue después Cardenal, era de izquierdas en sus oficinas de Oruro por los años ochenta. 

En aquellos años pensamos que la iglesia al fin se había renovado, en las ideas y en las prácticas religiosas. El Papa polaco destruyó todo ese intento, por supuesto en complicidad de los curas conservadores  e “institucionalistas”. A la entrada de este nuevo milenio, la iglesia boliviana estaba otra vez en manos de los más conservadores, de los vaticanistas a ultranza, de los burócratas del cristianismo.

En los últimos quince años se refugiaron en sus paredes, dedicándose a atacar las pocas ideas del anterior gobierno. Nada plantearon a Bolivia en todos estos años. Su aporte realmente no fue significativo, ni siquiera en temas de educación donde supuestamente tienen las riendas en sus colegios de clases medias y altas. Y cuando sucedieron los acontecimientos de octubre y noviembre del año pasado, fueron utilizados políticamente por las élites de derechas sin que ellos dijeran nada.  Manejaron la biblia tontamente, metieron al palacio de gobierno y mostraron como en la edad media, que la venganza había llegado. Los cruzados condenaban a los sarracenos. Los representantes modernos de la santa inquisición se pasearon con la biblia, degradando los significados de ella. La iglesia no dijo absolutamente nada de esos tontos mensajes escolásticos religiosos. Se callaron en su complicidad política, mostrando su rotundo posicionamiento ideológico, que en sí es su rotundo atraso en los tiempos que corren. Esperar de curas extranjeros y bolivianos extranjerizados, despistados de nuestras realidades, es esperar a las calendas griegas. Las excepciones confirman la regla general.

La iglesia católica mundial intentó curar sus errores históricos, al nombrar Papa al argentino Jorge Mario Bergoglio. Al menos hizo el intento con los documentos de avanzada Laudato Sí, como Documentum Laboris, del Sínodo Panamazónico. Documentos de reflexión profunda sobre el cambio climático, el modelo de desarrollo y los problemas sociales mundiales. Y eso fue todo. El Papa argentino entró después a la postración vaticana, empezando a ser del montón de curas acomodados y burócratas, que sólo hacen una manera de vivir: reyes medievales, aislados de la realidad mundial. Así la inercia les llevara a otros mil años de inutilidad.

Bolivia simplemente replica esa actitud de dependencia total del Vaticano. Sus misas de domingo, vacías de feligreses ahora, son mensajes vacíos y sin contenidos de lo que sucede en nuestra realidad. Rezos y más rezos para encubrir su falta de propuestas en estos nuevos tiempos. Curas que no tienen idea alguna de lo que sucede en Bolivia, acostumbrados a vivir de renta histórica colonial. Como vemos hoy, esa dependencia ruda del Vaticano, simplemente condena a la iglesia boliviana a ser menos boliviana, sin ideas ni aportes a nuestras realidades, siendo excusa de poder para los grupos de cruzados oligárquicos de este país.

Atrás, muy atrás han quedado los Espinal, los Basiana, las monjas y curas que en serio se tomaban las bienaventuranzas, el ser ejemplos y seguidores de ese Cristo obrero y campesino de Belén,  asesinado por las oligarquías judías por sus radicales posiciones en favor de los marginados de la historia. Hoy sólo quedan recuerdos y nostalgias, edificios de museo, sin  feligreses o viejitos y viejitas al borde del olvido, sin jóvenes vocaciones porque las nuevas generaciones ya no ven sentido alguno en este tipo de iglesia, envejecida y retorcida en su implosión de corrupción y degradación espiritual.

También son momentos para reencausar nuestras religiosidades milenarias, combatidas y condenadas a la clandestinidad de nuestras costumbres por el Vaticano y sus mercenarios. Pues profundicemos el piccheo, las khoas y las ch´allas en nuestras wacas. Y enseñemos a occidente lo que es religiosidad civilizada, sin totalitarismos ni santas inquisiciones modernas.

por: Max Murillo Mendoza

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